A veces tengo la sensación de que mi vida es un lavadora que centrifuga a 1200 rpm con sus parones incluidos, y es en esos parones donde me doy cuenta de las cosas, de la verdadera realidad.
Nos guiamos constantemente de nuestros impulsos y nos dejamos llevar por la vida como si nos tirásemos por un tobogán, y solo cuando llegamos al final nos chocamos de frente con el resto del mundo. Vemos todo lo que hemos recorrido y nos preguntamos si ha merecido la pena, si ha merecido la pena ese desenfrenado camino para obtener, en muchos casos, nada. Pero aun queda gente valiente, aun quedamos unos pocos que a pesar de la caída, volvemos a levantarnos y subimos las escaleras a toda velocidad para volver a tirarnos, con la esperanza de que esta vez sepamos caer.
Hay que recordarse cada día que las cosas no tienen que salirnos mal solo porque no nos fue bien a la primera. El ser humano esta capacitado para aprender e igual que aprendemos a hacer un ejercicio matemático debemos aprender a recuperarnos de todas las caídas, chocazos, porrazos, golpes... que nos da esta maravillosa vida. Porque nunca es tarde para aprender y volver a empezar, nunca es tarde para remendar nuestros errores y ponernos de pie.
Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, pero yo estoy segura que hay excepciones. Y ¿por qué no íbamos a ser nosotros una de esas excepciones? Hay que seguir intentándolo, hay que arriesgarse... Porque quien no arriesga, no gana.
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